jueves, 11 de noviembre de 2010

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El agente X acudió  a la playa después de que Verónica, la recepcionista, le diera el aviso, no sin antes terminar de tomarse su café con leche y terminar de ojear la prensa deportiva.
Pensó que solo era la denuncia de un pobre jubilado que había confundido un resto de animal muerto con una persona.
Tonterias de la tercera edad.
El agente X era una persona tranquila y apacible, con un sentido del humor mordaz y negro que se había ganado no pocas disputas entre sus compañeros de trabajo, disputas a las que él por supuesto no estaba dispuesto a entrar, consideraba que estaba por encima de aquellos mediocres que se conformaban con pasar el día en la comisaria y volver a sus casa rutinarias de siempre, con sus mujeres infelizmente rutinarias, su rutinario perro faldero y sus rutinarios hijos, no merecia la pena.
Él, sin embargo, trabajaba para vivir, y no al contrario, y eligió esa profesión porque le fascinaba el mundo ficticio que había vivido en su infancia gracias a su madre, que se empapaba de novela policiaca y de películas de misterio resueltas por policias y detectives intrépidos que siempre atrapaban al asesino.
Pero la realidad al hacerse policia distaba mucho de la ficción, y normalmente se encargaba de robos a media escala, la mayoría en épocas estivales.
Por eso nunca pensó que la llamada de aquel anciano le cambiase su trayectoria profesional, no podía ser, nunca pensó que aquel hombre vuiera lo que dijo.
Cuando llegó a la playa se encontró con muchísimos curiosos agolpados alrededor de la orilla, no se veía nada.
Se acercó cada vez más y más, hasta encontrarse con el anciano que dio el aviso:
- Agente, agente! Por favor, es aquí! Venga aquí!- inquirió exaltado el anciano.
- Tranquilícese, voy ahora mismo- dijo con voz tranquila, y un poco brusca-
Cunado llegó a la altura del ancianio la vio, no se trataba en ningún caso de un animal muerto, el anciano, que se presentó en el acto como Tomás, el descubridor de aquel increible hallazgo, comprobó que tenía razón.
Se trataba de un cadáver, era ella, no lo podía creer.
Cogió el móvil y llamó con toda la velocidad que le permitieron sus dedos temblorosos a la comisaria para que mandaran a más refuerzos.
No sin antes pensar en el lio que se había metido por no avisar a su compañero para que fuera con él a la playa